Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, argollas, cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que apretaban las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados con garfios de cobre.

Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones: uno que daba los azotes y otro que los iba contando.

Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La sangre mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía un cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera, resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas, unos hombres con soplillos avivaban los carbones, y apestaba el olor a carne quemada. Desfallecían los flagelados; pero sujetos por los brazos, doblaban la cabeza, cerrando los ojos. Los espectadores gritaban asustados; los leones, acordándose tal vez del festín, se desperezaban bostezando, al borde de los fosos.

Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de horror, se perdió en el parque de los leones.

Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas. Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados, quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos de su comida.

Conocieron a Amílcar y se le acercaron. Uno tenía las orejas horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como personas; y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado.

Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim.

—¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!

Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.

Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.