—¿Quién te ha cortado el brazo?
—Los soldados, Ojo de Baal.
A un samnita, que vacilaba como una garza herida:
—Y a ti, ¿quién te ha hecho esto?
Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de hierro.
Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de Giddenem el collar de piedras, dijo:
—¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos, bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a los soldados?
Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía levantados los brazos sobre él.
Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas, recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos le engañaban; se contenía demasiado tiempo.
—¡Que los traigan! —gritó—. ¡Que los señalen en la frente con hierro encendido, como a los cobardes!