Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo haberse apaciguado tan pronto.

Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un caserón de piedra negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas.

Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No corre prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron: «Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron.

El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.

Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una mano en la pared para no caer.

El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales.

A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún, dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas púnicas contra los bárbaros!»

VIII

LA BATALLA DEL MACAR

Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres mil kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero.