—Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás de noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con libertad.

Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores. Dictó castigos, con reproches a Giddenem; y este, como un toro, bajaba la cabeza frunciendo las cejas.

—Mira, Ojo de Baal —dijo, señalando a un libio robusto—, a este le han sorprendido con una cuerda al cuello.

—¡Ah! ¿Quieres morir? —preguntó desdeñosamente el Sufeta.

Y el esclavo, con voz intrépida:

—¡Sí! —contestó.

Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a los criados:

—¡Lleváoslo!

Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia que se infligía para prevenir otras más terribles.

Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar los vio.