—¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros...

—¡Basta, basta!

Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención.

—¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!

Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si buscara a alguno, repitió:

—¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la patria le ha dado!

Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes.

—¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto!

Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y administradores, triunfaban por el número; los más significados de la reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de color jacinto.

Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones. Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento, envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y odiosa, dijo: