—¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!

—Dinos más bien —contestó sonriendo Amílcar— de qué modo gobernaste tus galeras contra la flota romana.

—Me empujaba el viento —respondió Hannón.

—¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en tu necedad! ¡Cállate!

Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón le acusaba de no haber venido a su encuentro.

—Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago. ¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al mar.

Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas, que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.

Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila; y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla en ruinas.

Amílcar replicó:

—Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me rehusasteis el dinero!