Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana obscura, y el de Moloch, de púrpura.

Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer llamas violáceas en el extremo de los brazos.

Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos, los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno, repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron.

Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:

—¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!

Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar, ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.

Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.

—Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.

—¿Qué os importa? —contestó desdeñosamente el Sufeta.

Redobló la gritería.