A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la sala, ahogando la voz de Hannón y el ruido de los platos que le servían. Redoblaron aquellos, y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes, como si empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad.
Los cartagineses no habían intentado perseguir a los bárbaros. Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes, sirvientes y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas tiendas de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios parecía un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobrado su valor. Envió a Zarxas que se avistara con Matho, recorrió los bosques, juntó hombres (las pérdidas no habían sido considerables), y rabiosos de haber sido vencidos sin combatir, reformaban sus líneas, cuando descubrieron una cuba de petróleo, abandonada sin duda por los cartagineses. Espendio hizo traer cerdos de las granjas, los untó de betún, les prendió fuego y los lanzó sobre Útica.
Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron. El terreno era en subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los colmillos y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y aplastándolos. Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo púnico, que estaba sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y los cartagineses se vieron aplastados contra las puertas, porque los de Útica no quisieron abrirlas por miedo a los mercenarios.
Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron llegar los infantes de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de Narr-Habas. Saltando por sobre torrentes y maleza perseguían a los fugitivos, como cazadores que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió al Sufeta. Gritó para que vinieran a ayudarle a salir del baño.
Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro, el mismo que en la batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído.
—¡Bueno! —respondió el Sufeta—. ¡Mátalos!
El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las tres cabezas cayeron. Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue a saltar en la tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los ojos fijos. La luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; los tres cuerpos manaban como tres fuentes una sangre que cubría los mosaicos, arenados con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este fango caliente y se frotó las rodillas. Era un remedio.
Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta y se retiró a la montaña para reunirse con el ejército, cuyos restos logró encontrar.
Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de un desfiladero, cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte buenas lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos. Hannón reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas se inclinó para saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no comprendió.
Regresó a Cartago con mil terrores, andando únicamente de noche y ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían algunos, y todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde los recogieron los bajeles.