Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El perfumado aceite desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas de su piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas.
Siguió diciendo:
—Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro días. En el paso de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del valor extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómo sufro! ¡Que se calienten los ladrillos y que se pongan al rojo!
Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más fuerte el incienso en las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente desnudos, sudando como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta compuesta de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano y estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla no cedió a este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba un caldo de víbora:
—Bebe —le dijo—, para que la fuerza de las serpientes, nacidas del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor, ¡oh, reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú no debes morir!
—¡Oh, sí —repitió el Sufeta—: yo no debo morir!
Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento más nauseabundo que el olor de un cadáver. Dos carbones encendidos parecían sus ojos, que no tenían cejas; le colgaba de la frente un montón de rugosa piel; sus orejas, separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las arrugas profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz alterada parecía un rugido.
—¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis úlceras empiezan a cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro.
Y menos por gula que por ostentación, y para demostrarse a sí mismo que tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de orégano, pescados sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos, calabacines, trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros se deleitaba pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se acordaba de Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en injurias contra los tres bárbaros.
—¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me ultrajasteis, a mí, el Sufeta! ¡Sus servicios, el precio de su sangre, como ellos dicen! ¡Ah! ¡Sí, su sangre, su sangre! —Luego, hablando consigo mismo: «¡Morirán todos! ¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos a Cartago...; pero no he traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan! ¿Cuántos son? Que vayan a preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de piedad! ¡Que me traigan en cestas todas las manos cortadas!»