Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre todo por la pérdida de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar de una vez. Ya se veía crucificado.
Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se habían perdido cuatrocientos mil novecientos setenta y dos siclos de plata, quince mil seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho elefantes, catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las máquinas de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a empezar los dos sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de Túnez a Radés. Desde lo alto de la Acrópolis se veían en la campiña largas humaredas que subían al cielo; eran las granjas de los ricos que estaban ardiendo.
Solo un hombre hubiera podido salvar la República. Todos se arrepentían de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó los holocaustos para el regreso de Amílcar.
La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó. Creía oír de noche los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando gritos. Enviaba todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba cumpliendo sus órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado.
VII
AMÍLCAR BARCA
El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.
Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo sobre Cartago.
Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras, disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la trirreme de Amílcar.
Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella; sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil, enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del mar.