Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos. Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los Sisitas.

—¡Que los despierten! —gritaron los mercenarios.

Después del segundo recado, supieron que los Sisitas se hallaban encerrados en su templo.

—¡Que lo abran! —replicaron.

Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban en poder del general Giscón, gritaron:

—¡Que las entregue!

Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de la Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una mitra de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho.

Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando todos:

—¡Las copas! ¡Las copas!

Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. Con esto la turba aulló de alegría y aplaudió.