Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce y arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras preciosas.

Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones, de las copas, el estrépito de los vasos campanios rotos en mil pedazos o bien el limpio sonido de las fuentes de plata.

A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban mejor de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la guerra, había dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de mercenarios. Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando poco a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la imposibilidad de pagarles.

Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias, y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si bien temiendo por Cartago había entregado a Giscón el mando de los mercenarios. Designar su palacio para recibirlos era atraer sobre él algo del odio que los bárbaros despertaban. Además, el gasto era exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo.

Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los mercenarios que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su sangre en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas, saltaban pesadamente. Algunos avanzaban como mujeres, haciendo gestos obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el que estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que golpeaba un negro con un hueso de buey.

Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y apacible, que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro herido.

Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida. Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro; calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo, como las carretas en marcha.

Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre la multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado de pie, apartado de los demás. A través de los desgarrones de su túnica, se veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados, deslumbrado por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los soldados le molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las lágrimas que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro lleno, lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó:

—¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado Esculapio por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las fuentes, de la luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las montañas y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de relucientes armaduras, que me habéis libertado!

Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. Los cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de los Egineses. Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo una vez más dar las gracias a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de beber en ellas.