Nadie mejor que él podía decirlo, porque los había capitaneado y había venido con la última cohorte en la última galera.
—¡Es verdad! ¡Es verdad! —respondían todos.
—Sin embargo —siguió diciendo Giscón—, la República ha respetado vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos; sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son de propiedad particular.
De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de las mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos espadas.
El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde, valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y fuese lentamente. Al llegar a la puerta se volvió a los mercenarios, gritándoles que se arrepentirían.
Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal, que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien gritó que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también. Cayeron sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso, destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada; otros, inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a flechazos; los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo abatirles la trompa y comer el marfil.
Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más cómodamente, habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos por una alta barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus puñales las correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que miraba a Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados. Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada largas parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el centro, doce pedestales de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces fulguraban en aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes. Los soldados se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives del terreno, profundamente labrado.
Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques por paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que las llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por guijas blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de brillantes escamas subieron a la superficie.
Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los llevaron a las mesas.
Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en ver cómo los hermosos peces se debatían en el agua hirviente.