—¡Lo juro, por Tanit!
—Mañana —repuso Espendio—, al ponerse el sol, me esperarás al pie del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero.
El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento, lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi un río en las cisternas de Megara.
A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.
Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez que lo echaban, tuvieron que andar por el borde de la cornisa para descubrir alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos. La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse.
Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano.
—¡Allí es! —dijo—. Empecemos.
Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar una de las losas.
Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de avestruz y galopando con una lanza en cada mano.
—¡Narr-Habas! —exclamó Matho.