—¿Qué importa? —repuso Espendio.
Y saltó al agujero que había dejado la losa separada.
A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por falta de espacio, no podía mover los codos.
—Volveremos —dijo Espendio—; ponte delante —y los dos se aventuraron en el conducto de las aguas.
Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar, tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la velocidad de las aguas. Cayeron.
Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire. Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del techo dejaban pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en el agua como discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban sobre las paredes indefinidamente. El más insignificante ruido producía un gran eco.
Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de los arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series de depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los dos hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas.
Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla en busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban.
Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. La sacudieron y cedió, dando paso a una escalera cerrada arriba por una puerta de bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por fuera; y respiraron el aire libre.
La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas brillaban como estrellas perdidas.