Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles guijarros a la cara para hacerles gritar.

Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día. Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes. Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su corazón estaba lleno.

Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara. Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado; Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las proposiciones.

Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad.

—Ninguna —contestó Matho.

Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.

—¡Amo! —dijo el antiguo esclavo—, si tu corazón es intrépido, yo te guiaré a Cartago.

—¿Cómo?

—Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra.

Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo;