Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en Cartago, mes por mes y día por día.

A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números leyera su sentencia de muerte.

En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.

—¡Habla! —le dijeron—. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos! ¡Desconfiemos del cobarde!

Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda, las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al fin: «Que os lo dé vuestro general.»

Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.

A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos.

Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel de mono, una piedra negra caída de la luna.

Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes partidarios de la guerra.

Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.