Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas; Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los demás, aceptaron moneda.

A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.

De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:

—¿Has reservado algo para los muertos? —y señalaba la puerta de Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con sus placas de cobre, de arriba abajo.

A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se encerró en su tienda.

Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes, que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello una lazada de juncos.

Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares, contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio. Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso.

Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza. El montón de sacos estaba más rojo que un altar.

Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles. Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos, y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el dinero, y seguía la matanza. La palabra ¡mata!, aunque distinta en cada idioma, era comprendida de todos.

Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la multitud en señal de juramento.