Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue decapitado.
En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y les dijo:
—Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África, esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida...
—¿Qué haremos? —le preguntaban.
—¡Reflexionad! —contestaba Espendio.
Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala, de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.
—Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán para ahorrar la comida.
Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los esclavos y desapareció, jurando vengarse.
Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos, los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos hundidos en la barba.
Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.