A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros. Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando.
Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría sin haberles pagado íntegramente.
Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar.
Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se sirvió de ellas.
Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo.
Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey.
—Sube a mi lado —le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude—. ¿Cuántos años has servido?
—Doce —respondió el libio.
Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos» era tanto como acreditarse de veterano.
—¡Ladrón! —exclamó el Sufeta—, lo que te falta en la cara debes tenerlo eh las espaldas.