Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las granadas resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de rosas florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se balanceaban las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral, cubría los senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de un extremo a otro como una doble columnata de obeliscos verdes.
El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba en el fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. Con su gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los ángulos de cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas puertas cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas doradas, que cerraban las aberturas en lo alto, se ofrecía a los soldados, con su feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el rostro de Amílcar.
El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos, como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella multitud sudorosa.
Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, lusitanos, baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado dialecto dórico, resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los carros de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes del desierto, parecidas a gritos de chacales. Se reconocía al griego por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo, con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón, parecían estatuas de coral.
Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a las mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, y se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los tapices de escarlata, y aguardaban su turno.
No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado esclavos, vajilla y lechos; en medio del jardín lucían, como en un campo de batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos, más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de flores. La alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los ojos, y aquí y acullá empezaban las canciones.
Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja arcilla, decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de moluscos que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada y caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo.
En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa. Todo cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se desmoronaban sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran olvidado servir algunos de los perritos ventrudos y de lana rosada, que se engordaban con caldo de aceitunas, manjares cartagineses de que abominaban otros pueblos. La sorpresa de los nuevos manjares excitaba la avidez de los estómagos. Los galos de largos cabellos recogidos encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los limones, que comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de mar, se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato, en tanto que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban silenciosamente su ración, sin apartar de ella los ojos.
Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de los cipreses y encendidas las antorchas.
Los vacilantes resplandores del petróleo, que ardía en vasos de pórfido, asustaron a los monos encaramados en los cedros y consagrados a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados.