A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre los prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún estaban aquellos en el foso profundo.

Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un círculo alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas de treinta y cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba, corrían estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la ropa; aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas y les reventaron los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron después los hombres, y les atormentaron los pies, cortándoles la piel desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que se ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría, como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto.

A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio donde le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía.

Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos, tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido en la tierra.

La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza. Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.

De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.

—¡Apártate de aquí! —le dijo Matho—; sé que eres un valiente.

Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y Autharita.

Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía. ¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.

Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.