Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón. En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula, estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los hombres del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los africanos, más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban secando. Se reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; los veteranos de Antíoco llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha, una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y nuevas heridas.

Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina: samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; y los celtas, tres piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo de un golfo tormentoso.

Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente, a intervalos regulares.

Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba, preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los muertos por haberse dejado vencer.

El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras exangües, entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras lágrimas, los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos, más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con boca, frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas, se cortaban los cabellos; se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían cortes a imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos. Estallaban rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se mataron entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las hogueras, se apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y cansados de gritar, débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus hermanos muertos; los que quedaban con vida llenos de inquietudes, y algunos con deseos de no despertar.

Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los bárbaros algunos soldados que desfilaban con cascos en la punta de las picas, que, saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada para sus patrias.

Se acercaron otros, y los bárbaros reconocieron a algunos de sus antiguos camaradas.

El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en sus tropas. Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no alimentarlos ni abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no combatir más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los que se presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad o curiosidad.

Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas de las lanzas rebasando el borde de las empalizadas.

Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los ojos fijos, rechinando los dientes.