No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía sangrando de sus heridas?

—¡Yo me encargo! —dijo Espendio.

Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo, y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.

Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era poderosa.

La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este se presentara.

Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez iban a venir con grandes refuerzos.

Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios, se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían, a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí están sus promesas. Yo no miento.»

Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.

Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía, fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses, acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás, como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión! ¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza del golpe!»

Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía; se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los demás.