La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su hermosa piel, tachonada, como el firmamento, de manchas de oro en fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado ancha para su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho algodonoso, y en el ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños puntos rojos. De vez en cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto, el colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más inmóvil que liana seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su corazón como una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la garganta y la estrangulaba.
Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo, experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó, horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado.
Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las manos en la pierna izquierda, replegada; entreabierta la boca, y pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara de su padre; quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba lo que era de Amílcar.
Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus pequeñas sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se paseaba por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las aberturas de la pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de Tanit, entraban de golpe, pisando con sus rojos pies las losas de vidrio, entre granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma palabra, pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de los monos en los palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través de los pisos, enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido.
No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros que pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se presentaba, ella no tenía nada que decirle.
No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado.
Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por su gran habilidad en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades. Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los pontífices; empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven en el septentrión para espantar los genios funestos; y, volviéndose hacia la estrella polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de Tanit; pero Salambó sufría siempre, y aumentaban sus angustias.
Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos de los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera de sandaraca, ante el pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a las cavernas de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas del laberinto de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento, que llevaba tantas lámparas como días tiene el año; algunas noches recibía a los griegos para interrogarles. No le inquietaba tanto la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en las armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios; acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el cielo calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento una religión particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de vértigos y de ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la creía redonda, rodando eternamente en la inmensidad, con velocidad tan prodigiosa, que no se advertía su movimiento.
Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio de Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que veía en la tierra le forzaba a reconocer como supremo un principio macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los címbalos, le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su futura virilidad. Desde entonces, seguía con vista melancólica a los hombres que se solazaban con las sacerdotisas en el fondo de las tinieblas.
Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, las pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos en un eterno crepúsculo.