Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar.
Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el Sufeta, fuese crucificado.
Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad. De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas, llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio, corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de cara de víbora y que rechinaban los dientes.
Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban, confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal. Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado de los bárbaros.
Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la deseaba y quería más.
Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba, sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara; los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles. Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna.
X
LA SERPIENTE
Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar.
Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, la pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los cartagineses, un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad, y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los planetas, la inteligencia de Eschmún.