En la aridez de su vida, Salambó era como una flor en la hendidura de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la ahorraba penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el verla tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba en seguir su pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más abandonado, más solo, más vacío.
Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo, cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las tinieblas.
El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas que bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos del zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la generación humana, y en Capricornio la de la vuelta a los dioses; Salambó se esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por realidades; aceptaba como verdaderos en sí mismos los que eran puros símbolos, y hasta las maneras del lenguaje obscuro del sacerdote.
—Las almas de los muertos —decía este— se resuelven en la luna, como los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades.
Salambó preguntaba lo que sería de ella.
—Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre las olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del sol, la fuente misma de la inteligencia.
Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él exclamó:
—¡No, no! Ella toma del sol toda su fecundidad. ¿No la ves moverse a su alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo?
Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz.
Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, y hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas de su amor, se sentía arrobada.