—Sí; ¿por qué?

—Porque ya le he dicho que desconfíe de él.

—Por mí no le han despedido.

La señora Chermidy regresó precipitadamente a la ciudad. Su retirada parecía una derrota, y le Tas, que esperaba noticias en la ventana, adivinó en seguida lo que ocurría. Así que la viuda llegó a su habitación exclamó:

—¡Maldita jornada!

—¿Se ha salvado?

—Está curada. No he podido ver al conde, ni creo verlo, y Le Bris casi me ha puesto en la calle.

—Si éste encuentra su clientela, pierdo el nombre que llevo. Ya puedes hacer, amigo, lo que quieras, pero nunca serás más que un imbécil.

—O un bribón. Nos ha engañado como todos los demás.

—¿De quién fiarse, gran Dios, si no se puede contar con un ex presidiario?... Después de esto, le habrán puesto quizás en la puerta.