—¿Cree usted?
—Sin duda.
—Los millones, pues, para usted no son nada. Usted es mujer precavida, y ha ido siempre a lo práctico.
—¿Esa opinión es la de usted?
—La mía y la de otros.
—¿La de don Diego, acaso?
—Es posible.
—Pues es bien injusto. Por nada le devolvería lo que me ha dado.
—Ya sabe usted que él no lo tomará. Adiós, señora.
—¿Sigue usted teniendo a ese Mateo que el duque le envió de París?