Era una noche poco más o menos como la de hoy. El húmedo viento de otoño pasaba por delante de la casa en cortas ráfagas, y hacía estragos en las cimas medio deshojadas de los álamos que se inclinaban con un crujido los unos sobre los otros. Ni una sola estrella en el cielo; sin embargo, una luz incierta permitía distinguir las nubes más obscuras, que pasaban, arrastradas en rápida carrera, desgarradas en jirones.

La lamparilla no quería arder, su resplandor vacilante luchaba contra las sombras que bailaban sin interrupción en la cama y en las paredes. Frente a mí pendía la corona de yedra, negra y puntuosa; parecía una corona de espinas.

Eran más o menos las diez, cuando Marta se puso a delirar. Se irguió en su cama y dijo con voz clara y distinta:

—¡Verdaderamente, tengo que levantarme; esto es ya demasiado!

En el primer momento sentí que me invadía una gran alegría, pues me parecía que había recobrado su conocimiento.

—¡Marta!

Me levanté de un salto y le tomé la mano.

—Pero yo había preparado todo, las camisas, las medias y los zapatos; un ciego dormido los habría encontrado. Y tampoco necesitáis tomar medidas; nada de ceremonias, nada de ceremonias.

Y diciendo eso me miraba fijamente con sus ojos vidriosos, como si hubiera visto un fantasma. Después, de improviso, lanzó un grito estridente diciendo:

—Quitadme estas piedras que me aplastan el cuerpo. ¿Por qué me habéis sepultado bajo estas piedras?