—Marta está mejor, hijos míos, mejor de lo que esperaba.

En el fondo de mi corazón resonaba este grito de gozo:

«¡Me ha tenido en sus brazos!»

XX

¡Y ahora, la noche terrible!

Cada minuto se alza todavía ante mis ojos como una furia y clava en mí su mirada de fuego.

Esa noche, voy a evocarla y a hacerla pasar por delante de mí como se evocan fantasmas para avivar con su testimonio un asesinato sobre el cual han pasado años.

¿Y qué crimen he cometido? Ninguno.

Mis manos están puras, y en el día del juicio final, cuando se pesen nuestros actos, podré presentarme osadamente ante el trono de Dios Todopoderoso y decirle: «Cúbreme con tus más blancos ropajes, pón en mis hombros las alas de cisne más delicadas y déjame colocarme en la primera fila, pues poseo una hermosa voz, a la cual sólo falta un poco de ejercicio para honrar al paraíso.»

Pero hay crímenes que no han sido cometidos con actos ni con palabras, que penetran en el alma como un soplo pestilencial, y la envenenan tan completamente, que hasta el cuerpo concluye por perecer.