A la que eterno me juró su amor.
Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo
Que le agotó, decir:
—¡Ah, barro miserable, eternamente
No podrás ni aun sufrir!
LXV
Llegó la noche y no encontré un asilo;
¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí;
¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
Cerré para morir!