—¡Empuja la puerta!
Entraron.
Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un trípode de cobre.
El Jefe de los olores suaves, pálido y larguirucho como un cirio de cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus secretos.
Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica; apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.
Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más.
Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para su uso.
El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.
—¿De modo que los temes más que a mí? —gritó el Sufeta, y a través del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima—. Abdalonim, antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen bien.
Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el granero del silfio.