Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una antorcha y desapareció en las tinieblas.

Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en forma de cono.

Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre, inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos.

Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas, azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas, en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno, brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana, que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos para tener sueños.

Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le ligaban al centro del mundo.

Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira. Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró como una sola pieza.

Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y volvió a subir.

Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando, al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y bendiciones.

En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas. A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los rayos del sol.

Surgió una nube de vapor.