Salambó pisaba ya el escabel de ébano.
—¡Perdóname! —añadió Matho—. Eran montañas que pesaban sobre mí y, sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos!
—¡Déjame ver! —decía ella—. ¡Más cerca! ¡Más cerca!
Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho.
—¡Te amo! —gritaba Matho.
Ella balbuceó:
—¡Dámelo!
Y se acercaron.
Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se quedaron mirándose absortos.
Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó: