Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas, perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía columpiarla. Zumbaba un mosquito.

Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero prendió la llama, y Salambó despertó.

La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.

—¿Qué es esto? —dijo Salambó.

—Es el velo de la diosa —contestó Matho.

—¡El velo de la diosa! —repitió ella.

Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió:

—¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario! ¡Mira!

El zaimph deslumbraba con su juego de luces.

—¿Te acuerdas? —dijo Matho—. Una noche te apareciste en mis sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al reino de las Sombras...