Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios, atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche. En un eclipse, estuvo a punto de morir.

Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída a sus sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más fuertes cuanto que eran avivadas por una fe sincera.

Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había aprendido sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía ella sin que les diera significado distinto. A fin de penetrar en las profundidades de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo ídolo con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago; porque la idea de un dios no puede desprenderse de su representación; y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto modo, dominarle.

Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura.

Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con los brazos cruzados.

Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los cascabeles que alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza.

Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó.

—Habla —dijo—. ¿Qué quieres?

—Yo esperaba... Me habías casi prometido...

Salambó se turbaba, pero en seguida repuso: