—No —dijo Salambó—: el espíritu de los dioses habita en los buenos olores.
Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al país del ámbar, detrás de las columnas de Melkart.
—Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los brazos de un hombre.
—¿Por qué? —preguntó Salambó.
Todos los que ella había visto le causaban horror con sus risas de animal salvaje y sus miembros groseros.
—Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre!
Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y Salambó dijo con voz casi apagada:
—Tráeme a Schahabarim.
Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía sola, porque su madre había muerto.
Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones, rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, el alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido carne, ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto.