Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de asentimiento.
Entonces Espendio dijo con voz robusta:
—Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes, ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos; por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del país de los cántabros.
Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el tumulto de los demás. Espendio añadió:
—¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos.
Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma, un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un bastón de olivo.
Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.
Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando:
—¡Los han matado!
A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le reconocieron. Él repitió: