—Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más dinero que antes por dos elefantes.
Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número, todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos, enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de las minas en el país de los cántabros.
Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico, aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento.
Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído, esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses, cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba, vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un cerrillo de césped.
Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes. Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.
De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta, arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio —pues era él— anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración, rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala, libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados, contestaron:
—¡Habla, habla!
Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los más, les dijo:
—¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre?
Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros.