La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas. Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera, hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda, triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes.

Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las murallas.

El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación, se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros, resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados del acueducto.

Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada, cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias; sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así llegaron ante las murallas.

Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas, porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que resultaría una victoria o un exterminio completos.

Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para rechazar a los asaltantes.

Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un lienzo de muralla, y en las noches obscuras, entre los bloques desunidos, se veían luces en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse; agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas.

Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra le impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, supuso que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía falta gente para la defensa del recinto.

El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar flechas a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho que hiciera encender una gran hoguera de paja y que la tropa diera al mismo tiempo grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de Túnez.

A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las piedras.