En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros la acometían.
La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo.
Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago.
El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico; desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche, a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares, espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída, en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas, ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los bárbaros, se dieron a conocer.
No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol; trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de monos.
Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse de allí.
Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente, el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos; aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota; por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares, llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo. Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos de la laguna.
Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban, y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de estandartes.
Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y que no ladraban.
Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas, pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre.