—Pero estos papeles... este testamento...

—¿Y qué?—replicó, sonriendo;—eso ya no me concierne. Felizmente para mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.

Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.

—¡He aquí un joven verdaderamente singular—me dije,—a quien una amante consuela la pérdida de una herencia!

Y terminé mi inventario.

Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como un loco, fuera de sí.

—¡Ya no está allí!—exclamaba,—¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he perdido por culpa mía!...

—¡Alguna infidelidad!...

—¿Quién se lo ha dicho a usted?—repuso vivamente, asiéndome por el cuello.

—¡Oh! no sé nada.