Y cuando llegué a esta frase:
Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me acuso pero del cual él no es cómplice.
—¡Es cierto!—dijo Arturo con lágrimas en los ojos:—me amaba con todo su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle... ¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.
—No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el inventario...
—Como usted guste...
Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del billete:
«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte, si había sido amada?»
—¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!—exclamó Arturo.—Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.
Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba, disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de nuevo la carta de Judit.
—La verá usted—me dijo;—quiero que coma usted hoy con ella.