—¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...
En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.
—¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar; pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.
Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza, donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito, tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí se encontraba ella más a su gusto.
Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo? Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso, extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual, precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:
—¡Aquí está!
Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que estaba sentada.
Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie, frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente, y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose que quien la miraba así debía defenderla, y que nada tenía que temer, por lo tanto.
—Señorita...—le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.
Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera. Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes para la comida.