—Pues bien, ¿para qué discutir más? Soy de igual opinión.

—¿Qué es esa historia de Ky-Tcheou?—preguntó Germana.

—¿No ha leído usted eso, señora?

—Nosotros no vemos ningún periódico aquí, a excepción de usted, querido conde.

—Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han asesinado a dos misioneros y a un comandante francés; los franceses han arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el mapa; las gentes se preguntan en qué quedará eso; yo creo que en nada.

El conde, que hasta entonces había permanecido silencioso, preguntó al señor Dandolo:

—¿Es reciente la historia de que usted habla?

—De ahora mismo. Ha llegado en el último correo. ¿No ha oído hablar usted de la Náyade? ¿No ha leído la muerte del comandante Chermidy?

El conde de Villanera palideció; Germana le miró fijamente para sorprender en él un síntoma de alegría; la vieja condesa se levantó de la mesa y el señor Dandolo pasó al salón sin haber contado la historia de Ky-Tcheou.

Germana aprovechó el momento en que se servía el café para arrastrar al señor de Villanera hasta el jardín. El sol se había puesto dos horas antes y la noche era calurosa como un día de verano. Los dos esposos se sentaron juntos en un banco rústico a orillas del mar. La luna no había aparecido aún en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus fosforescencias.