—¡Ah! ¡si yo tuviese mis dos piernas!
—¿Qué haría usted, capitán?—preguntó la señora de Villanera.
—¿Qué haría, señora? Mi país no tiene ambición; ya la tendría yo por él. Yo le daría las islas Jónicas, Malta, las Indias, la China y el Japón; y no sufriría que se hablase de monarquía universal.
—El señor de Bretignières—dijo Germana—se parece al preceptor aquel de quien uno de los alumnos robó un higo. Le hizo un sermón sobre la glotonería y se comió el higo en el calor de la improvisación.
El capitán se detuvo ruborizándose hasta las orejas.
—Creo—dijo—que he ido más lejos que mi pensamiento. ¿Dónde estábamos?
—En todas partes—respondió el conde Dandolo.
—Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. ¿Cree usted que si lo de Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navío inglés se hubieran conformado sus oficiales con bombardear la ciudad? ¡No son tan tontos! Inglaterra habría conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metálico y cincuenta leguas de territorio.
—¿Lo cree usted?—preguntó el señor Dandolo.
—Estoy seguro.