El duque fue el último en salir.

—¿En qué piensa usted?—le dijo—; parece usted preocupada.

—Pienso en Corfú.

—Piense usted en los amigos de París.

—Buenas noches, señor duque. Creo que le Tas ha encontrado un doméstico. Mañana irá a informarse y uno de estos días hablaremos de ello.

Al día siguiente, le Tas tomó el tren de Corbeil. Se hospedó en el hotel de Francia y se puso inmediatamente a recorrer la ciudad. Visitó las papelerías, compró flores a todos los jardineros y se paseó por todas las calles. El domingo por la mañana perdió la llave de su saco de viaje y se dirigió a un pequeño establecimiento de cerrajería de la carretera de Essonne donde soplaba el fuelle a pesar de la ley del descanso dominical. La muestra ostentaba este letrero: Mantoux Poca Suerte, cerrajero. El dueño era un hombre pequeño, de treinta a treinta y cinco años, moreno, bien formado, vivo y despejado. No había necesidad de mirarle dos veces para ver a qué religión pertenecía. Era de los que hacen del sábado su domingo. El afán del lucro brillaba en sus pequeños ojos y su nariz se asemejaba al pico de un ave de rapiña. Le Tas le rogó que pasase al hotel para forzar una cerradura, lo que Mantoux llevó a cabo como hombre experimentado. Le Tas le retuvo a su lado por los encantos de la conversación. Le preguntó si estaba contento de sus negocios, y le respondió como hombre disgustado de la vida. Nada le había salido bien desde que estaba en el mundo. Había servido como groom y su dueño lo despidió. Entró después como aprendiz en casa de un mecánico y la susceptibilidad de algunos clientes le hizo abandonar el establecimiento. A los veinte años quiso hacer con algunos amigos un negocio magnífico: un trabajo de cerrajería que debía proporcionar una fortuna a cada uno de los asociados. A pesar de su celo y de su habilidad, fracasaron vergonzosamente, y después hubo de remar diez años sin poderse levantar de su caída. Desde entonces todos le llamaban Poca Suerte. Ultimamente había venido a establecerse en Corbeil, después de una larga permanencia en el Midi. Las autoridades de la ciudad le conocían a fondo y se interesaban por su suerte; de cuando en cuando recibía la visita del señor comisario de policía. No obstante, el trabajo no abundaba en su taller y eran pocas las casas que estaban abiertas para él.

Le Tas compartió sus pesares y le preguntó por qué no iba a buscar fortuna a otro sitio.

Poca Suerte respondió melancólicamente que no tenía ganas ni medios de viajar. Tendría que estar allí largo tiempo. La cabra no tiene más remedio que ramonear allí donde la atan.

—¿Aunque no haya nada que ramonear?—preguntó le Tas.

El, por toda respuesta, inclinó la cabeza.