—Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

—¡Toma! Las primeras sílabas de esos nombres forman una palabra.

—Usted ha adivinado en seguida el secreto de mi mnemotecnia.

—Repita usted: Rabichon...

—Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

—Es curioso. Ahora todos somos tan sabios como usted. Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux. ¿Y qué hacen esas buenas gentes?

—Los dos primeros están provisionalmente en un almacén de papel; el tercero es jardinero y el cuarto tiene una cerrajería.

—Señor Domet, es usted un grande hombre; perdóneme si he dudado de su erudición.

—¡Mientras que no dude de mi obediencia!

El señor Domet partió; era la una y todos se levantaron el uno después del otro. Besaron religiosamente, como un relicario, aquella pequeña mano blanca que acariciaba la esperanza de un crimen. Al despedirse, la hermosa mujer aun repetía: Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.