—¿No dicen si es una recién llegada?

—Creo que sí; pero su criada no habla más que el francés y no han podido comprenderla.

—¿Usted ha visto a la criada? ¿Una mujer gruesa?

—Enorme.

—Vaya, no será nada—dijo el señor Le Bris—. Querido señor Stevens, es la hora del desayuno y usted hará muy bien en acompañarnos. La muerta está perfectamente, yo se lo aseguro.

El señor Stevens, hombre grave, no comprendió la ironía. El doctor añadió:

—¿La ley inglesa castiga a los que prometen suicidarse y no cumplen su palabra?

—No, pero castiga el suicidio cuando está probado.

—Vamos, no tengo suerte con la ley inglesa.

—Ahora en serio, doctor—continuó el magistrado—. ¿Cree usted verdaderamente que se trata de una falsa alarma?